
Cierro los ojos y soy el niño que vive con su familia en el Parque de las Avenidas. Mis padres son jóvenes y -un detalle importante- están vivos los dos. Tengo cuatro abuelos. Comparto habitación, juegos y peleas con mi hermano el plasta. Mi hermana es una canija mofletuda, la niña mimada. Los Reyes Magos existen, y también el ratoncito Pérez. En la tele en blanco y negro Fofó y Miliki torturan al señor Chinarro con tartas voladoras y collejas en la calva. Los viernes, la melodía de "El hombre y la Tierra" me hace saltar como un resorte y correr hacia el salón. Juego con mis colegas a las canicas, a las chapas y al fútbol en el parque. Franco la diña y me dan una semana de vacaciones en el colegio. Colecciono cómics de El Guerrero del Antifaz y de los súper héroes de la Marvel. En mis sueños camino por un bosque élfico y, en mitad de un claro, veo una espada clavada en una piedra, pero no cedo a la tentación: mi vida es demasiado sencilla y feliz.
Abro los ojos y soy un cuarentón con dos hijas, un trabajo y algunas cicatrices. Mi existencia es una sucesión de frentes abiertos y de comeduras de tarro. Mi familia se ha visto diezmada por los años y por la enfermedad. Gente de mi entorno a la que quiero está apercibida. Me empiezan a faltar faros en el viaje. De repente me veo en primera línea de fuego: tengo la espada que veía en sueños en la mano, aunque no recuerdo en qué instante la arranqué de la piedra. ¿Alguien sabe cuándo nos volvemos adultos? No creo que sea de la noche a la mañana... O quizás sí, si tu primer hijo nace de madrugada. No sé si os pasa a vosotros, pero a veces me entran ganas de devolver la espada a su funda mineral y regresar a la patria de mi niñez, donde todos son jóvenes y están vivos, donde el único que se muere es un dictador decrépito, donde mis únicos frentes son las evaluaciones de la EGB, la portería contraria o el gua, porque las batallas serias las enfrentan mis mayores.























