
Nueva ley de mi santa: "No voy al cine a sufrir". Así que como el 90 por 100 de las pelis -no infantiles, exceptuando "Bambi"- introducen un elemento traumático, voy al cine menos que antes, y voy más solo. Ahora me ha dado por apretarme sesiones dobles, un viernes al mes, en un centro comercial con varias salas: pago el pase de las 22:00 y me cuelo en la sesión "golfa". Programa doble, como en los viejos tiempos. Por supuesto, veo producciones que mi santa no tolera. El último viernes, por ejemplo, "Alien vs Predator 2" (mala de cojones) y "Soy leyenda" (mejor de lo que pensaba). Me metí a ver esta segunda película porque me da morbo cuando Hollywood decide destruir Nueva York, dando ideas que luego, como se vio el 11-S, se llevan a cabo en la vida real (esto no me da morbo en absoluto). Ver los decorados que pateé hace unas semanas vacíos y desolados gracias a los efectos especiales (hay una escena gloriosa en Times Square, por no hablar del puente de Brooklyn partido por la mitad) me parece acojonante. La película está basada en una novela de ciencia ficción escrita por Richard Matheson en 1954. Cuenta la historia del último hombre vivo en Los Ángeles tras una epidemia que ha transformado a los seres humanos en una especie de vampiros. Hay varias adaptaciones cinematográficas. Es obvio que Nueva York da más juego. En esta versión, Will Smith hace un trabajo bastante decente, lo que en su caso es mucho decir. Ni una mueca, ni una gracieta. Soledad, sufrimiento y desesperación. El día es suyo: recorre la ciudad en busca de respuestas, evitando entrar en edificios oscuros, entablando conversación con su perro y los maniquíes de las tiendas. La noche es de los seres monstruosos y demenciados para los que intenta buscar cura. Sentado en la sala, rodeado de extraños, pensé que el cine es para disfrutar solo o en compañía de otros, pero la vida es otra cosa: al último hombre sobre la Tierra no le queda más remedio que redimir a sus congéneres locos o condenarse a la misma suerte.
















